viernes, 4 de enero de 2013

El monte de mar

"Era un monte hecho de pena, y no de la muchedumbre, al parecer el mismo ser podía hacer solo en cuestión de días lo que la naturaleza tardaba años acumulando, sólo había maleza en la que perderse y el susurro del silencio presente en la mente del que entraba a conocer el desierto paraje. Las huellas al pasar no se borraban y poco a poco el monte iba lamiendo su cima con el hábito del caminar sin rumbo de quién se adentraba sin llamar a la puerta, pues no había donde llamar. Las caricias de sal que se mecían al viento para después descender por sus laderas dejaban entrever las yemas de unos dedos, entumecidos y agrietados de la desecación del suelo sin fruto, fruto amargo y seco que oteaba en el horizonte sus primeros rayos de sol.
La luna trajo los últimos estertores de aquel monte sin ánima, donde una última vez dejó que la oscuridad lo sumiera en los sueños donde se aferraba a sí mismo, acurrucado en posición fetal. Hasta que lo levantaron para ponerlo en pie y que viese que el monte del que procedía aquella criatura eran solo cuatro chinas de cristal de roca, que todo era plano y que podía encontrar un rumbo si así lo decidía.
Decidió la playa. La playa decidió que fuese la misma.La misma donde se hallaban las huellas que estaban en aquellos cristales de roca, aquellas que ayudaron a allanar el monte, aquellas que seguí para encontrarte a ti."



F.H.B.

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